Caifanes logra su sueño en el Zócalo, ante 120 mil fanáticos

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El rock mexicano, tan falto de épica, tuvo este viernes una de sus pocas noches para contar.

Caifanes es de los pocos grupos nacionales que pueden presumir de tener jornadas dignas de recordar: el debut el 11 de abril de 1987, en Rockotitlán, ante una audiencia que ya se sabía sus canciones sin haber grabado un disco.

Su último concierto en una plaza pública en la Ciudad de México, el 19 de febrero de 1995, en el apogeo de su primera época, en la explanada de la delegación Venustiano Carranza que terminó en zafarrancho.

El último concierto de aquellos años, el 18 de agosto de 1995, en San Luis Potosí.

El retorno en el Vive Latino, el 9 de abril de 2011, en un show más electrizante por el furor entre sus seguidores que por su precisión, tras 16 años de no tocar juntos.

La noche del viernes 10 de noviembre de 2017, el propio Saúl reconoció que soñaban con tener la plaza así, llena de esquina a esquina desde el primer día que se presentaron en Rockotitlán.

Es el cierre del ciclo de Caifanes como banda. Difícilmente habrá más.

La banda liderada siempre por Sául Hernández tuvo la noche que siempre quiso, le cantaron al amor, a los niños, a la muerte, a la droga, a las prostitutas, al rechazo, a la vida, ante cerca de 120 mil fanáticos.

Saúl no se pudo sustraer a su noche soñada, y después de su efectista “¡Raza, Caifanes está a tus pies!” y de hincarse ante la multitud, se animó a dar algo parecido al Grito de Independencia.

Dedicó canciones a los 43 de Ayotzinapa, a los periodistas asesinados, a las mujeres víctimas de feminicidios, a la defensa de los derechos humanos, dice que a la vida “no hay que tenerle miedo, sino entrarle con coraje”, cita a Bertolt Brecht, cantan el Himno Nacional y logran un silencio conmovedor de la plaza en una pausa de “Un Silencio”.

La banda tiene un arrastre que sólo rivaliza con el de Café Tacvba, agrupación igual de longeva pero más dinámica, activa, en constante gestación de proyectos.

Por ello, Caifanes es una especie rara.

La devoción de sus fanáticos raya en el fanatismo, en la complacencia por una banda que dejó de crear y vive de la nostalgia de cuatro discos.

Esa nostalgia, sin embargo, alcanza niveles rotundos, rabiosos, llenos de genuina fascinación de sus seguidores.

Si una trayectoria debe medirse por el punto culminante, la noche del viernes, Caifanes, una cota que es probable no supere.

Difícilmente habrá más arriba para esta agrupación, a menos que genere una canción tan celebrada y grandiosa como las piezas que le regaló al rock nacional a finales de los años noventa y que siguen siendo, pese a las buenas bandas que lo han intentado, las más cantadas del rock nacional.

Ricardo Rico, creador de Buscando el Rock Mexicano, afirma que Caifanes fue “esa banda que muchos hubieran querido tener. Contó con el concepto, con la propuesta, con el sonido, con la calidad y, por ende, con una fama inmanejable. Logró que la sociedad se diera cuenta de que existía un rock mexicano”.

Alfredo, psicólogo, está en la plaza cantando a todo pulmón las canciones del grupo al que considera “un parteaguas en la cultura popular, le dio a una generación que ya no tenía que ocultarse para este tipo de tocadas como en los años 60 y 70, sino que esta música, con sus letras más refinadas y metaforizadas, todo aquello que la juventud quería manifestar, sin represión de fuerza pública”.

Caifanes creció tanto que, por momentos, su música cancina sólo es sostenida por ese público que ha convertido cada pieza en monumentos personales con los que cuentan su propia historia.

Y así van, Caifanes y su público, “juntos, haciendo viejos”.

Fuente: Excélsior

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