Cuatro décadas con Bosé

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El cantante se presentó de nueva cuenta con llenos en el Auditorio Nacional ante un público de jóvenes, claro, pero también con aquel que lo ha seguido desde que inició su carrera en 1977.

Impecable, como regularmente nos tiene acostumbrados a verlo. Cantando sus éxitos, que nos fascina escuchar. Con la voz varonil tan característica, que continúa vigente. Con el talento que define a uno de los artistas más importantes de Hispanoamérica, como él lo es desde hace 40 años.

Así apareció Miguel Bosé en el Auditorio Nacional precedido por la presentación de sus músicos y coros con su nombre y puesto en el escenario. Algo que, quizá, muy pocos cantantes hacen de esa forma: reconocerlos como parte fundamental de su trabajo.

Y arrancó fuerte con “Duende” y continuó con canciones para bailar y corear, que alcanzaron un primer clímax con “Aire soy” en un dúo con Ximena Sariñana que ya es un clásico de ambos. Ella volvió después para acompañarlo cantando “La Chula” porque justo en eso hizo énfasis Miguel Bosé: en un recorrido por las canciones de todas sus etapas artísticas con una parada contemporánea en “Estaré”, dedicada a sus hijos y que titula su actual gira.

Entre las paradas estuvo la de su etapa germinal, con “Amiga” y “Morir de amor” destacando por la versión con acordeón incluido que les dio sabor a tango. Esa es parte de la magia de Miguel Bosé para su público y de su talento si nos ponemos estrictos y objetivos: un artista (en las seis acepciones que registra la Real Academia Española) que le da la vuelta a sus creaciones con nuevas, diferentes o clásicas versiones. Esta vez en un escenario sobrio, en negro con escalinatas plateadas en las que él y su grupo hicieron coreografías enmarcadas por los fondos cambiantes, casi siempre mostrados en tres imágenes verticales de él, sus músicos, figuras, colores.


Es su vasto estilo rompeesquemas: al bailar (estudió danza en su juventud) con pasos que siguieron muchos cantantes; al componer con sus letras claras, profundas y hasta divertidas pero siempre con un sentido; al actuar (otra faceta importante); al vestirse y arreglarse con su look fresco de fines de los 70, el sofisticado y andrógino de los 80 con la coleta y las faldas largas, el relajado de los años 90 y el de siempre ser él mismo, ser un artista original.

Todo esto y su postura a favor de la paz que no se logra con muros, dijo, fue lo que agradeció el público en el Auditorio, que con más aplausos que gritos (algo que poco se ve en conciertos de música pop) lo hizo volver a escena luego de hora y media de concierto, para reventar el ambiente con “Bambú” e ir bajando la intensidad mientras se despedía. Pero no quería ni acababa de irse porque su público de todas edades lo hacía volver. Hasta que cerró con una carta que nos dijo que escribió hace 40 años sin un destinatario preciso pero que él asegura que ha sido respondida por toda la gente que lo ha seguido siempre hasta convertirla en un himno: “Te amaré”. 
Se hizo la selfie del recuerdo con todo el Auditorio, dio las gracias, sonrió, dejó el escenario y nos dejó a todos al fin en calma, en la paz en la que, nos dijo esa noche, todos queremos estar.

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